Qué hacía el 21 de mayo: La Ardent

Ardent Aquella guerrita olvidada

El 21 de Mayo fue el día D para los Brits que desembarcaron en la bahía de San Carlos, y para mí un viernes que empezó como cualquier viernes.

Como profe muy itinerante de secundaria, tenía un par de horas tempranas en 5to año en el Cangallo Schule, casi en el macrocentro de Buenos Aires, después de lo cual tenía que correr a tomarme un bondi a zona norte, hasta la paqueta municipalidad de La Lucila, donde daba otra hora anterior al mediodía en un 1er año en el colegio San Jorge. Una clase también llena de hijos e hijas mimadas de militares importantes, pero no tanto como los que había en el Cangallo.

Los diarios matutinos de aquel viernes no traían nada sobre el desembarco en San Carlos. Cuando llegué a La Lucila, creo que fueron mis colegas quienes me contaron del asunto: ya estaba en la radio. Todo el mundo escuchaba Radio Colonia, Uruguay, porque los medios argentinos estaban taponados como inodoros públicos por la censura y el macaneo. La noticia llegó con la fanfarria triunfalista habitual de “Estamos ganando”, y decía que nuestra corajuda Fuerza Aérea estaba bombardeando a los ingleses hasta hacerlos volver al mar, o por ahí.

En el bondi de regreso a casa, me acuerdo de haber pensado: “Si los gringos ya pusieron un pie en tierra, no los para nadie”. Ya a punto de bajarme, recordé una escena tres semanas anterior: yo estoy en el Cangallo Schule, en la clase -ya dije- hay varios hijos de militares VIP, y ante un mapa esquemático de las Malvinas que dibujé en el pizarrón, le muestro a los chicos que si minás los accesos Norte y Sur del Estrecho de San Carlos, y de yapa ponés un poco de artillería costera en las elevaciones, las opciones británicas de desembarco en ambas islas, Gran Malvina y Soledad, se reducen más o menos a la mitad. ¿Y adónde fueron a desembarcar los gringos? Confirmo una vez más lo que sabía desde mi servicio militar, y que sufrí también antes y después como ciudadano que soportó tantas dictaduras de cuartel: nos dirige una manga de idiotas.

Tenia esperanzas de que mis alumnos llegaran a la misma conclusión.

Los matutinos del sábado decían que nuestros aviadores estaban haciendo puré las naves inglesas, lo que en parte resultó cierto, aunque no contaban mucho de las tremendas pérdidas causadas porque operaban desde el continente, prácticamente al límite de su alcance. La población aún no había sido informada de esta imbecilidad particularmente brillante de los militares. Pasaron 32 años, y aquí todavía nadie cuestiona a la Fuerza Aérea Argentina.

Creo que esta fotografía famosa de la Ardent haciéndole honor a su nombre con un incendio hizo impacto sobre las pantallas de TV argentinas al mediodía, y luego se derramó sobre los diarios de la tarde y otros medios. De todos modos, seguí pensando que el desembarco estaba realmente asegurado, aunque me di cuenta de que los Brits no la estaban sacando nada barata en San Carlos, lo cual me resultaba una verdadera novedad.

Pero no tuve nunca dudas de que los gringos afianzarían la cabeza de playa, y no porque creyera en la infalibilidad de los de Su Graciosa Majestad -recordaba bien sus pifiadas en Gallipolli y en Dieppe- sino porque tenía harta evidencia de la inutilidad de demasiados de nuestros oficiales y suboficiales, gordos, corruptos y blandos tras tantos años de gobierno solitario, y tan tremendamente convencidos de su coraje tras haber ganado lo que ellos llamaron “una guerra civil”, o “guerra sucia”, que fue más bien una cacería humana, de la que tuve una visión muy de primera línea y en el bando opuesto, y en esa visión mía quienes secuestraban, torturaban y baleaban civiles eran ellos.

La foto de la Ardent, el barco más desdichado de la Task Force aquel 21 de mayo parece la de una nave explotando de modo infernal, más que la de una incendiada sin control. En realidad, sucedían ambas cosas. Yo no sabía aún que a la Ardent le habían pegado tres veces en sucesión rápida: a las 14:00, a las 14:40 y a las 15:01 hora local argentina, y que el barquito la peleó a lo bestia, y que a bordo hubo bajas tremendas, y que cuando la foto se tomó, ya lo habían evacuado. No experimenté ningún sentimiento de alegría o triunfo ante la foto, que sigue siendo una imagen “¡Wow!”. Pensé en los muchos marinos ingleses que habrían muerto en el incendio, y que la venganza sería tremenda, y que lo que pagaríamos en bajas y en sufrimiento vendría multiplicado.
carballokt4También recuerdo la foto del capitán Pablo Carballo, el tipo que llevó a cabo el primer ataque, una embestida lunática en solitario a las 14:00, y que destruyó la popa de la Ardent con una bomba de mil libras, y probablemente decidió la mala suerte que le tocó a la nave durante la hora siguiente.

Esa foto inundó los medios: el tipo acaba de aterrizar, todavía no se ha bajado del cockpit de su A4, y le sonríe amargamente al fotógrafo haciendo el signo “pulgares arriba” con su mano izquierda. Es flaco, buen mozo, de pelo oscuro y usa un bigotazo negrísimo. Un príncipe árabe en su corcel de guerra. Hasta podés adivinar su pensamiento: “Estamos ganando”.

Los aviones argentinos que atacaron la Ardent la pagaron cara, especialmente la tercer ola formada por cuatro tipos de la Armada que eran los más expertos y tenían las mejores tácticas y bombas para hundir barcos, y causaron la mayor parte del daño,y que cuando se rajaban fueron interceptados por una patrulla de Harriers: de 4 Skyhawks los gringos voltearon a 3, 2 de los cuales pudieron contar el cuento, y otro no. Pero las malas noticias tardaban más en llegar, si llegaban.

Todavía recuerdo la foto icónica de Carballo, y que al verla pensé: “Ésta es LA foto de propaganda”, y también “El mensaje es falso”. Mis tripas se morían de admiración por el tipo, y al mismo tiempo habría querido desafiarlo, hombre contra hombre, y molerlo a piñas, por la posición en que habían puesto él y sus colegas a mi país para salvar a su gobierno de mierda.

Décadas después escribí toda una nouvelle, o cuento largo, llamado “Hombre con una misión” basado en esa foto del capitán Carballo. Como mi cabeza es un lugar realmente raro, el protagonista del relato es un paracaidista británico, y su historia apenas roza tangencialmente a Carballo y su acometida lunática, corajuda, efectiva y solitaria.

Y años después, “Hombre con una misión” se transformó en parte de “Aquella guerrita olvidada”, una novela, y el héroe de ese cuento en uno de sus dos protagonistas secretos.

Daniel

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